El objetivo es terminar
con la amenaza del Estado Islámico, un grupo de extremistas musulmanes sunitas
que han ocupado el norte de Irak y el noreste de Siria. Su líder ha proclamado,
desde el control de ese territorio, el advenimiento de un nuevo califato con
pretensiones de extenderse por toda la región arábiga y, por qué no, alcanzar a
ocupar nuevamente la península ibérica. Las informaciones que llegan del
accionar de este grupo en las regiones que controla son espeluznantes: las
violaciones más aberrantes a los derechos humanos, y la crueldad más tremenda
hacia quienes no comparten su extremismo religioso y político.
Estados Unidos ha sido
claro: nunca se ha enfrentado amenaza terrorista más contundente que la de este
grupo. Ni siquiera Al Qaeda, el grupo de Osama Bin Laden, en su mayor momento
de expansión a principios de los años 2000, fue tan peligroso. El Estado
Islámico está en las puertas de Bagdad, la capital de Irak. Avanza también en
el control de todo el norte de Siria. Y lanza amenazas a todos aquellos que se
opongan a su designio: desde el presidente ruso, hasta las potencias occidentales,
pasando por los turcos, chiíes, kurdos, etc. Ha generado algunas alianzas
relevantes: por ejemplo, el líder extremista musulmán del norte de Nigeria que
está al frente del grupo terrorista Boko Haram -responsable, entre otros, del
secuestro de más de 200 mujeres adolescentes este año- ha proclamado también un
califato para esa zona de África, en consonancia con el del Estado Islámico en
Medio Oriente.
A pesar de haber
intentado retirarse militarmente de la región en estos años, el presidente Obama
debió asumir en estas semanas la necesaria participación militar de su país en
la represión del Estado Islámico. Encontró apoyos en distintas potencias de
Europa y también de la región arábiga. Definió una participación masiva aérea
con ataques de drones que permitan a los ejércitos locales -en particular al
iraquí y al autónomo kurdo- reconquistar el territorio perdido. Más importante
para el orden internacional, Washington estableció una estrecha coordinación
con Irán en toda esta tarea, lo cual cambia el eje de alianzas en la región
luego de la revolución de 1979 en Teherán. Finalmente, ha sido claro en señalar
que será un combate feroz pero, sobre todo, de larga duración.
El mayor riesgo es que
reine la anarquía en toda esa región tan estratégica en temas de energía y
seguridad. La primavera árabe, luego de ademanes democráticos, terminó en
dictadura militar en la potencia clave de Egipto, con una alianza estratégica
reforzada con Estados Unidos y una estabilización sangrienta. Pero un panorama
más amplio muestra que lo ocurrido en El Cairo es una excepción. Su vecina
Libia es presa del caos más absoluto; Siria va camino a la partición en el
mediano plazo; Yemen vive desestabilizado, con duros enfrentamientos entre
chiíes y suníes; el gobierno irakí perdió el control de su territorio; Líbano
sufre de mayores tensiones entre sus distintas comunidades, con ataques
terroristas en distintos barrios de Beirut; Jordania está exhausta de recibir
refugiados que desmoronan sus precarios equilibrios poblacionales internos; y
Turquía se preocupa del fenomenal número de migrantes kurdos, sirios e iraquíes
que se agolpan en su frontera.
Por último, la
colaboración estadounidense-iraní para enfrentar la amenaza terrorista del
Estado Islámico no debe hacer olvidar el enorme diferendo que opone a esos
países en torno a la resolución de la cuestión nuclear de Irán. Detrás de todo
este asunto permanece, claro está, la justificada preocupación israelí en torno
a su seguridad estratégica en un contexto hostil.
El mundo estará en guerra
por mucho tiempo más. Están en juego los valores más importantes: la
tolerancia, la libertad, la laicidad y la democracia. Es la civilización frente
a la barbarie. Cualquier discurso pacifista que condene esta guerra, en el
estado actual del mundo, es sinónimo de demagogia sensiblera y barata.
El mundo está en guerra
29/Sep/2014
El País, Editorial